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domingo, 19 de febrero de 2017

¿Por qué los ateos saben más sobre la Biblia que los religiosos?

Curiosamente la mayor parte de los ateos saben más de la Biblia que los católicos. Ha sido la lectura de sus textos, el análisis de sus contradicciones y la reflexión sobre la Biblia, lo que ha llevado a muchos a abandonar la religión.

Texto de Diego Baner, miembro de American Atheists.

Según el resultado de una reciente investigación llevada a cabo por el Grupo Barna, el número de personas escépticas y agnósticas en relación a las escrituras de la Biblia casi se ha duplicado, mientras que la gente que dice leer la Biblia ha disminuido.

Ya en el 2010 habíamos visto los resultados de una encuesta que llevó a cabo el Pew Research Center, en donde se refleja el poco conocimiento que tiene la mayoría de la gente religiosa en relación a las escrituras bíblicas. Los resultados de dicho estudio dieron al segmento ateo como el más conocedor y al segmento de católicos hispanos como el menos conocedor.

Sobre un total de 32 preguntas los ateos y agnósticos tuvieron un resultado de 20.9, mientras que los católicos hispanos tuvieron un pobre resultado de tan solo 11.6. Participaron en esta encuesta también personas de la religión judía (quienes salieron en segundo lugar luego de los ateos) y de todas la ramas del Cristianismo (Evangelistas, Mormones y Protestantes).

¿Se sorprende? Si usted es una persona creyente, le tengo una pregunta muy simple para formularle: ¿por qué usted cree en la Biblia si nunca se tomó la molestia de leerla completa?

Es una pregunta simple pero pareciera ser que la respuesta no es tan sencilla, aunque tengo curiosidad por saber qué piensa al respecto. Los estudios realizados en los últimos años, incluyendo los dos que mencioné anteriormente, demuestran que la gente que menos cree es la que posee una educación superior universitaria.


Es decir que podríamos decir que cuánto más uno sabe menos cree. Usted me dirá “pero yo conozco a un doctor que es religioso.” Por supuesto. No es esta una generalización, pero se da en la gran mayoría de los casos.

El viejo dicho “hay que ver para creer” no pareciera ser aplicado cuando hablamos sobre temas religiosos. Otro de los resultados de estos estudios nos demuestra que la gente de mayor edad es la que más cree, y la gente más joven (entre 18 y 29 años) es la que menos cree.

¿Podríamos entonces decir que es un asunto generacional? En parte sí, y tiene que ver con el acceso a la información que las nuevas generaciones tienen, frente a las viejas generaciones. Es seguramente difícil imaginar para mucha gente joven, que una persona de más de 50 años pasó su infancia y gran parte de su adolescencia sin haber conocido que cosa era la Internet, la TV a color, un fax o un teléfono celular.

Seguramente si toda esta tecnología y acceso a la información hubiera existido durante los años que se fundaron las religiones, las mismas no hubieran prosperado. Pero para llegar a la respuesta de por qué la gente cree en aquello que no lee, no necesitamos un software especial ni una computadora sofisticada, sino el uso de la razón y el sentido común.

Y para ello es necesario formular una pregunta fundamental: ¿por qué usted cree en Dios? Es una pregunta difícil y complicada. No va a encontrar la respuesta en la superficie sino en la profundidad. No me conteste “porque soy Cristiano”.

Esa respuesta es infantil y no posee ningún contenido explicatorio. Si su respuesta es “porque creo en la Biblia”, usted mismo se está engañando si nunca la leyó completa. Un sacerdote dominico-francés llamado Roland de Vaux, que fue un prestigioso arqueólogo e historiador, dirigió el equipo católico que inicialmente trabajó sobre los Rollos del Mar Muerto.

Al no encontrar evidencia sobre muchas de las escrituras dijo: “Si la fe histórica de Israel no tiene sus raíces en la historia, entonces es errónea y lo mismo ocurre con nuestra fe.”

Recordemos que el Nuevo Testamento está basado en el Antiguo Testamento. Tomemos por ejemplo el caso de la Madre Teresa de Calcuta, quien fue perdiendo su fe y su fe en Dios a lo largo de sus últimos años de vida.

En una carta remitida al reverendo Michael van der Peet tres meses antes de recibir un reconocimiento internacional, Teresa confesaba a su amigo: “Jesús tiene un fuerte amor por ti. ¿Pero por mí? Los silencios son demasiados. Miro y no veo. Escucho y no oigo. Te pido que reces por mí.

Ruégale que me eche una mano”. En otra de las misivas ante un problema personal afirma que “en mi propia alma siento un dolor terrible por esta pérdida. Siento que Dios no me quiere, que Dios no es Dios, y que él verdaderamente no existe.”

A Mark Twain, quien no tenía grandes simpatías por las religiones organizadas, se le atribuye la siguiente frase: “La cura para el Cristianismo es leer la Biblia”. Si bien esta frase es muy provocadora, contiene una gran verdad.

¿Cómo usted puede justificar creer en algo si nunca lo ha leído? Usted dirá “bueno... es que mis padres me dijeron que es así... y cuando fui a la escuela me enseñaron que era así...” Pero yo le estoy preguntando por qué cree. No le estoy preguntando quién le hizo creer.

Recuerdo la primera vez que decidí leer la Biblia completa, tuve una sensación extraña; cuando la abrí me dije: “ahora vamos a ver de que se trata todo esto.” Al terminar las dos primeras páginas de Génesis, me puse a pensar cómo hizo Dios para crear la luz en el primer día si el sol lo creó en el cuarto día y por qué dice que creó dos grandes luces - la luz más grande para gobernar durante el día, y la luz menor para gobernar durante la noche.

Evidentemente la Biblia se equivoca, porque la luna no tiene luz propia, sino que refleja la que recibe del sol. Y seguí leyendo la Biblia tomando nota sobre todos aquellos versículos que contenían errores y contradicciones.

Cuando llegué al libro del Éxodo, mi escepticismo no hizo más que seguir aumentando, sobre todo al leer el versículo 11 del capítulo 18, el cual reconoce la existencia de otros dioses”. Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses; porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció contra ellos.”

Más de un lector estará pensando: “bueno, pero entonces es mejor no saber...porque si sé me da miedo.” El problema no es saber, el problema es el miedo a saber. Sin embargo aquellos que saben más pueden ver al mundo que los rodea con una mente mucho más abierta, con menos prejuicios y más libertad.

Un día le pregunté a un amigo mío que es muy católico y muy creyente, si él abandonaría su fe católica en caso que se probara que en realidad su creencia no es más que un invento de seres humanos y el contenido es mayormente falso. Su respuesta fue: no.

Tuve ganas de preguntarle por qué seguiría creyendo, pero preferí en aquel momento abandonar el tema ya que veía que su cara se iba transformando y su color también.

¿Por qué la gente religiosa se ofende si uno les cuestiona sus creencias con fundamentos válidos y manteniendo una actitud respetuosa? ¿No es ésta una debilidad de casi todas las religiones? ¿No es la inseguridad y el miedo las que disparan las reacciones violentas?

Cuando Galileo Galilei afirmó el sistema Copernicano diciendo que la Tierra giraba alrededor del Sol, fue la Iglesia Católica quien se opuso firmemente a esta teoría, y fue llevado a juicio por la Inquisición acusado de hereje y fue condenado a vivir bajo arresto domiciliario durante los últimos años de su vida. Pero Galileo tuvo razón. La curiosidad y el saber son una virtud y no merecen ser condenados por nadie sino todo lo contrario.

Entonces, ¿por qué no lee la Biblia completa?

lunes, 16 de enero de 2012

¿Teresa de Calcula encubrió a un sacerdote pederasta?

Unas cartas, presumiblemente de la madre Teresa de Calcuta. a favor de un sacerdote pederasta Donald McGuire han levantado una polémica que la Iglesia califica como un "ataque vergonzoso".

Fuente: Religión Digital

Una serie de cartas y documentos que podrían poner en riesgo la canonización de la Madre Teresa de Calcuta y que la implicarían en el encumbrimiento sistemático de casos de pedofilia en la Iglesia Católica, fueron revelados esta semana por un semanario de San Francisco, alegaciones que la arquidiócesis de San Francisco ha refutado enfáticamente.

Las cartas hacen referencia al caso polémico de Donald McGuire, un sacerdote acusado de abusar sexualmente de más de ocho niños en el Área de la Bahía. Lo cuenta Univisión.

En las cartas presuntamente escritas por la Madre Teresa publicadas ayer (11 enero 2012) por el San Francisco Weekly, ella pide que restauren al padre a su cargo a pesar de estar consciente del escándalo que perseguía a McGuire. "Entiendo lo grave que es el escándalo afectando la iglesia en los EU y lo cuidadosos que debemos ser para guardar la reputación y la pureza del sacerdocio", escribió en una carta al supervisor de McGuire reconociendo lo que había hecho el sacerdote. "Sin embargo, confió en el Padre McGuire y espero que se pueda restablecer en su ministerio indispensable cuanto antes".

McGuire, un padre de la orden Jesuita favorito de la Madre Teresa, daba clases en la Universidad de San Francisco en los años 70 y realizaba retiros espirituales con familias de San Francisco y de Walnut Creek según reporta el SF Weekly.

En 1993 fue destituido de su cargo por abusar de un niño en el Área de la Bahía. Poco después volvió a asumir su posición por la supuesta insistencia de los clérigos y volvió a cometer el abuso.

Tras una serie de ocho demandas de diferentes familias del área, el sacerdote finalmente fue arrestado y encarcelado por cargos de abuso sexual en el 2005.

McGuire, de 81 años, sigue en la prisión estatal sirviendo una sentencia de 25 años. Durante la investigación del padre y como resultado de los procedimientos legales en contra de la congregación Jesuita, la organización religiosa ha tenido que liberar varios documentos comprometedores, entre ellos las presuntas cartas de la Madre Teresa, fechadas en 1994 y que el SF Weekly ha hecho públicas.

Otros documentos revelaron que los problemas con McGuire empezaron poco después de que se ordenara como sacerdote en 1961, cuando abusó sexualmente a al menos dos niños en la Academia Loyola en Wilmette, Illinois, y por lo que décadas después fue condenado a prisión. Pero entre los casos más documentados por la organización jesuita está el de un hombre de Walnut Creek, que en abril de 1993 presentó una demanda alegando que su hijo, que fungía como asistente personal de McGuire, había visto revistas pornográficas con McGuire durante sus viajes con él, además de bañarse y masturbarse frente a él.

La investigación del Weekly no pudo demostrar qué tanto habría sabido la Madre Teresa sobre la naturaleza de los abuso de McGuire. En las misivas que el semanario le atribuye a la monja, el autor indica que un oficial de la Iglesia le había hecho partícipe de los "tristes eventos" que llevaron al retiro de McGuire de su ministerio en 1994 y que el párroco "había admitido imprudencia en su conducta", más no se hace mención de las particularidades de dicha conducta. Tampoco se puede decir con certeza que las cartas fueron escritas por la Madre Teresa, ninguna incluye firma, pero fueron escritas en papel membretado de las Misioneras de la Caridad -- la organización que lideraba la hermana en proceso de beatificación -- y hacen referencia a los asistentes más allegados a la monja.

La organización no ha comentado sobre las cartas. Desde su muerte en 1997 han surgido varios reportajes e investigaciones cuestionando la santidad de la monja católica. Unos alegan que aceptaba fondos de personalidades corruptas, mientras que otros critican la administración de sus organizaciones.

Las acusaciones no son más que marcas pequeñas comparación de sus tremendas obras, pero serian suficiente para revocar la orden de canonización que ya fue preaprobada por el Papa Juan Pablo II antes de su muerte. Por su cuenta, la Red de Supervivientes de Personas Abusadas por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) ha pedido al Vaticano que retrasen el proceso de canonización de la Madre Teresa hasta que resuelva el asunto. "Los líderes de la iglesia que se preocupan por los sentimientos de sus feligreses deberían manejar la situación con precaución y tomarse el tiempo de investigar bien el caso antes de alabar a funcionarios que han pasado por alto, ocultado, o permitido horribles delitos sexuales contra niños", dijo Barbara Blaine, la presidenta de SNAP en un comunicado.

La arquidiócesis de San Francisco expresó su tristeza ante las acusaciones del Weekly y destacó en un comunicado que ni siquiera el propio autor del reporte estaba seguro de que las cartas fueron escritas por la Madre Teresa. "Estoy seguro que en su bondad la Madre Teresa perdona este vergonzoso ataque, pero es un día sombrío para el periodismo", añadió. El caso también pone en mal a otros oficiales de la Iglesia Católica. Entre los documentos encubiertos relacionados al caso de McGuire, se encuentran cartas de otros oficiales que de una manera u otra admiten estar conscientes de los delitos cometidos por el padre.

¿Y usted qué opina?

viernes, 27 de agosto de 2010

¿Por qué detesto a la madre Teresa de Calcuta?

El 26 de agosto, fecha del natalicio de la madre Teresa de Calcuta, es propicio para reflexionar sobre el lado verdadero de esta carismática y mediática monja.

El escritor Martín Caparrós, muestra a una mujer que consentía el dolor humano como experiencia para la salvación. Ella nunca proporcionó ayuda médica, ni creó una clínica a pesar de los millones que le llovieron. Tampoco criticó al sistema que generaba tanta pobreza, y se opuso a los métodos anticonceptivos en un mundo donde la sobrepoblación genera hambre y pobreza.

Algo me molestó desde el principio. Llegué al moritorio de la madre Teresa de Calcuta, en Calcuta, sin mayores prejuicios, dispuesto a ver cómo era eso, pero algo me molestó. Primero fue, supongo, un cartel que decía "Hoy me voy al cielo" y, al lado, en un pizarrón, las cifras del día: "Pacientes: hombres: 49, mujeres: 41. Ingresados: 4. Muertos: 2". En el pizarrón no existía el rubro "Egresos". En el moritorio de la madre Teresa, su primer emprendimiento, la base de todo su desarrollo posterior, no hay espacio para curaciones.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, consiguió en sus últimos veinticinco años una fama y un apoyo internacional extraordinarios. Le llovieron medallas, donaciones, premios, subvenciones, todo tipo de dinero para que ayudara a los pobres del mundo. La señorita Bojaxhiu nunca hizo públicas las cuentas de su orden pero se sabe, porque ella se jactó de eso muchas veces, que fundó, con ese dinero, alrededor de quinientos conventos en cien países. Pero no fundó una clínica en Calcuta.

Hay un par de ideas fuertes detrás de todo eso. Sobre todo, la idea de que la vida —ellos dirían "esta vida", como si hubiera muchas— es un camino hacia otra, mejor, más cerca del Señor: si no fuera así, a nadie se le ocurriría dedicarse a que esa gente muriera mejor y, quizás, en cambio, pensarían en mejorar sus vidas. Y la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: "Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo —dijo la madre Teresa—. El mundo gana con su sufrimiento".

Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Bhopal indio, que "olvidaran y perdonaran" en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Baby Doc Duvalier —que le donó bastante plata— y explicar que el tirano "amaba a los pobres y era adorado por ellos". Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder estalinista del país más represivo y pobre de Europa.

Pero quizá no fue por eso que salió a defender a Charles Keating. Keating era un buen amigo de los Reagan —que recibió a la religiosa más de una vez— y uno de los mayores estafadores de la historia financiera norteamericana: el fulano que se robó, por medio de una serie de maniobras bancarias, 252 millones de dólares de pequeños ahorristas. Keating le había donado a la religiosa 1.250.000 dólares y le solía prestar su avión privado. Cuando lo juzgaron, la religiosa mandó una carta pidiendo la clemencia del tribunal para "un hombre que ha hecho mucho por los pobres". Fue enternecedor. Pero cuando el fiscal le pidió que devolviera la plata que Keating le había dado —robada a los pequeños ahorristas—, la religiosa no se dignó contestar nada.

En el moritorio de Calcuta, la sala de los hombres tiene quince metros de largo por diez de ancho. Las paredes están pintadas de blanco y hay carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la señorita también llamada madre con el papa Wojtyla. "Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy", dice la leyenda.

En la sala hay dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupan los dos lados largos: sobre cada tarima, quince catres; en el suelo, entre ambas, otros veinte. Los catres tienen colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; no tienen sábanas. Sobre cada catre, un cuerpo flaco espera que le llegue la muerte.

El moritorio de la madre Teresa está al lado del templo de Khali y sirve para morirse más tranquilo, dentro de lo que cabe. La madre Teresa lo fundó en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió el caserón por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a dios un poco de lo que dios le había dado. Desde entonces, los voluntarios recogen en la calle moribundos y los traen a los catres celestes, los limpian y los disponen para una muerte arregladita.

—Los de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.

Me dice Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeña en hablarme en mal francés.

—Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.

En la sala se oyen lamentos pero tampoco tantos. Un chico —quizás sea un chico, quizás tenga 13 ó 35— casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza grita Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le da unos golpecitos en la espalda. Después le lleva un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo está inmóvil y la cabeza le cuelga por detrás del catre. Richard se la acomoda y el viejo repta con esfuerzo para que le cuelgue otra vez.

—Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.

—¿Por qué?

—Por dinero.

—¿Los hospitales no son públicos?

—En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuimos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.

Richard me cuenta sobre uno que entró hace un mes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y está dispuesto a seguir con más casos. Parece que acá no es tan raro que alguien se muera antes de los últimos esfuerzos.

—No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.

Hay algo que me suena raro en todo esto. Richard le acaricia la cabeza al que insiste en colgarla; más allá, Mike le sostiene la mano a uno con un vendaje que le atraviesa el pecho. Los acompañan: no tienen un idioma común así que no pueden hablarse, o quizás no ganarían nada con hablarse. Richard va a buscar una sábana para tapar al viejo de cabeza colgante. Hace solo 35 grados y el viejo tiene frío. En Chicago, Richard estudia Medicina, pero ahora dice que no sabe si va a poder volver a soportar aquello. Y dice que tampoco podría soportar esto todo el tiempo, pero que no soportaría ser doctor y no atender a estos tipos. A veces llega un punto en que soportar es muy difícil. Richard es un Clark Kent buenazo con mentón imponente y es muy católico, familia de irlandeses, y dice que dios le va a decir qué hacer.

—O sea que no hay ninguna posibilidad de que lo atienda un médico.

—No.

-¿Y entonces?

—Y entonces se va a morir hoy o mañana.

Richard lo dice como quien dice: llueve. O incluso: quizás llueva. Debe ser difícil pronunciarlo así.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, nunca se privó de dar sus opiniones. En Irlanda, por ejemplo, en 1995, un referéndum sobre el divorcio encendía pasiones. Irlanda era el último país de Europa sin divorcio, y los márgenes se anunciaban estrechos. Entonces la religiosa —que no tenía nada que ver con Irlanda— participó de la campaña pidiendo el voto en contra. Los divorcistas ganaron con el 50,3 por ciento. Pocos meses después, su nueva amiga, lady Diana Spencer, se divorció, y una periodista le preguntó qué opinaba. La señorita no tenía problemas: "Está bien que ese matrimonio se haya terminado, porque nadie era realmente feliz", dijo.

La señorita sabía aprovechar el halo de santidad que la rodeaba: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificado por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Lo dijo muy claro en Estocolmo, 1979, mientras recibía el Premio Nobel de la Paz: "El aborto es la principal amenaza para la paz mundial". Y, para no dejar dudas: "La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes".

En septiembre de 1996, el Congreso norteamericano le dio el título de ciudadana honoraria. Era la quinta persona en la historia que la conseguía. Dos años antes había organizado, en ese mismo recinto, una "plegaria nacional" ante Clinton, Gore y compañía. Ese día, su discurso fue belicoso: "Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer", decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados. En su Calcuta, en la India, en muchos otros países, la superpoblación es causa principal del hambre y la miseria, y sus autoridades toman todo tipo de medidas para limitarla.

"Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirles a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto".

Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella es mucho más eficaz. Aquella tarde, el cardenal James Hickley, arzobispo de Washington, lo explicó clarito: "Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos...". Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa. Por eso, entre otras cosas, su proceso de beatificación vaticana fue el más rápido de la historia de una institución que no suele apresurarse —que puede tardar, por ejemplo, cuatro siglos en pedir perdón por apretar a Galileo Galilei o asesinar a Giordano Bruno y tantos otros.

Así que ahora la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu —lo que quede de ella— debe estar en el paraíso de los beatos, un poquito más abajo del paraíso de los santos, con apenas menos felicidad eterna y menos olor a incienso y mirra y menos intimidad con su Señor pero bastante, pese a todo. La señorita fue una militante muy eficaz de una causa muy antigua: la del conservadurismo católico. Y fue, en el mejor de los casos, una versión mediática y actual del viejo modelo de la dama de caridad: aquella que se dedica a moderar los males causados por un orden que nunca cuestiona o que, en realidad, refuerza. Gracias a esos medios, al aparato de difusión de Roma, la señorita quedó instituida como gran encarnación actual del viejo mito de la bondad absoluta.

Todos —los países, los grupos de amigos, los equipos de voleibol, los grupos de tareas— necesitan tener un Bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay Buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex cualquier cosa, un perro, un médico abnegado, un pederasta con buena verba en púlpito: en algo hay que creer. El Bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando Buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible. Así que, pese a que algunos intentamos contar un poco de su historia, nadie lo escucha: es mejor y más cómodo seguir pensando que la señorita era más buena que Lassie. La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Teresa de Calcuta, consiguió ser la Buena Universal. Y consiguió, incluso, lo más difícil que puede conseguir una persona, un personaje: entrar en el lenguaje como síntesis o símbolo de algo. Decimos un Quijote cuando queremos hablar de un héroe destartaladamente franco; decimos un Craso cuando tratamos de definir a alguien riquísimo; decimos —desde hace unos años empezamos a decir— una madre Teresa cuando queremos significar que alguien es realmente bueno. Y así ha quedado registrada en nuestra cultura la señorita también llamada madre, amiga de tiranos y estafadores, militante de lo más reaccionario, facilitadora de la muerte.

¿Y usted qué opina?